Azabache

Negro azabache es su pelo, negro azabache sus ojos,

morena que tanto quiero,

dime ¿a quién dominas hoy?

Al arroyo que en el monte tu reflejo retrata

o al ave inquieta que canta bajo tu llanto de aguacero.

Dime mi niña buena ¿a qué se debe tu enojo?

Entre cultivos de arroz, camina sola en el monte,

ya no le veo su figura, solo escucho su voz,

cantando con gran finura, con voz fuerte y aguda

como el canto del sinsonte.

Camina y toquetea su pelo, parece un tobogán,

un espiral misterioso que todos miran con celo,

tan coqueta y presumida que se viste de amarillo

para imitar al turpial.

Tiene un resorte en su pelo que te columpia con su magia,

morena ven que me muero,

le digo y ella desmaya,

si me toma de la mano

con suerte subiré al cielo.

Pero mi niña se fue al monte para así esconderse,

porque a veces el azabache se quiebra ante la gente,

que bajo miradas juzgantes apagan el sol ardiente

que refleja su piel canela

que brilla siempre imponente.

Mi negra se va a esconder muy lejos en el monte,

donde el arroyo cristalino la refleja orgulloso

donde el turpial le habla al lado del sinsonte

y le cantan alabanzas divinas a su pelo hermoso.

¿Qué necesitas?

Siempre me pregunto ¿qué necesitas?

Y nos recuerdo en un momento que no hemos vivido aún,

O que vivimos hace mucho, como esclavos, como reyes,

Como guerreros de siempre, defendiendo el honor

Y nos veo en los trigales, dorados como el sol

Como el sol que nos dora la piel, que nos cocina, que nos prepara

¿Qué necesitas? Me convierto en sol hoy o mañana

Y me recuerdo luna, en aquellas noches en las que la playa era un campo de descanso

Y vas tú, antes y después de la batalla a desvanecerte en la fría y liviana noche

En la noche en la que te veo y muevo los mares para mojarte los pies

¿Qué necesitas? ¿Qué sea luna otra vez?

Te recuerdo en victorias pasadas, conquistando pueblos, derribando murallas,

Galopando en desiertos…

¿Qué necesitas? Dímelo.

Te escribo poemas y los recito, te danzo, conquisto ciudades, incendio imperios, empiezo una guerra o la termino, pero si no sé que quieres, si no me dices qué necesitas, mis fuerzas se detienen, no puedo encender la candela.

¿Qué quieres, café? Te lo hago. Voy al campo y me siembro, me riego, me crezco, me recojo, me preparo, me cocino, me sirvo, me entrego.

¿Qué quieres, un día caluroso? Pues incendio este pueblo, esta ciudad, este país.

Todo, todo porque tú lo has hecho ya, que quiero un sol y lo has bajado sin importar los estragos, que quiero amor y te has inmolado para que Venus me acompañe.

Que quiero un imperio y conquistaste el romano

Que te quiero, que te quiero y mucho, pero dime ¿qué necesitas?

Yo necesito que recibas lo que aún no te he podido dar y recibir lo que aún tienes para mí

El delfín azul

Casi siempre que recuerdo una época de mi vida mi memoria me remite a las noches, no es algo que me pase desde siempre, sino que ahora mi memoria se ha vuelto un poco caprichosa en cuanto a lo que evoca.
Últimamente, en estas noches tan solitarias y desprovistas de sueño alguno, estuve recordando ese tiempo en el cual viví en una caja de fósforos y las noches quemaban tanto como las llamas de éstos, para mí esa pequeña habitación era la representación de algún infierno, el calor y el desespero de encontrarme allí eran tanto que no me permitían dormir sin antes llorar de angustia.
Esa habitación tenía una pequeña ventana que yo mantenía abierta, sobre todo en las noches, para que el viento frío que caracteriza a la negra noche me llegase como un soplo de ángel a aquel infierno que yo pagaba todos los meses, pero no sólo llegaba el viento, sino que se escabullían también el bullicio de los demás habitantes de la casa que se quedaban hasta tarde en la sala, las risas estrepitosas, gritos, música ininteligible y discusiones fatigosas.
En esos días siempre me despertaba temprano, unas veces para irme a la universidad y otras porque el sol, como si me odiara, llegaba puntual siempre a encender la cajita de fósforos en la que dormía. Muy poco salía de esa habitación, sólo para lo necesario y también muchas veces, lo necesario, como ir por un vaso de agua en la cocina que casi siempre estaba llena de gente, era pospuesto, porque aquella casa habitada por gente extraña me invadía de una gran tristeza que se manifestaba en ganas de no hacer nada, de no hablar con nadie, de no existir para ellos y que ellos no existiesen para mí.
Luego de varios meses de convivir con todos, de dormir en la misma cama pequeñita y de quejarme tanto de todo, esas personas extrañas de algún modo raro se convirtieron en conocidos con los que hablaba, discutía, reía estrepitosamente y escuchaba música, pero no puedo mentirme, cuando me fui, mirando todo con esa melancolía que se refugia siempre en las despedidas, me di cuenta que no iba a extrañar nada de allí.

Vives allí

Vives allí en mi pequeño y frágil corazón, vives allí y me destrozas cada vez que quieres salir. Ámame u odiame, pero rápido, que un minuto de tu tiempo me lleva al infierno o al cielo y ten por seguro que ya conozco las llamas más que las nubes.

Cuando no me ames

Cuando no estemos juntos y mires al cielo

Y no veas mi rostro en tantos luceros

Ya no me extrañarás

Cuando estés hablando con alguien

Y no digas mi nombre, ya no me querrás

Y sin tú no me quieres, no mientas

Ni digas que sí, no intentes

Decirme que no hay nada diferente en ti

Yo que sé cuando tienes sueño o ganas de llorar,

Sabré también cuando ya no haya más amor en ti que me puedas dar,

Porque yo estoy en ti, tanto como tú en mí,

Aunque no estemos más.

Te llamaré poesía

Te digo amor, pero tal vez no debería,
¿Por qué llamarte igual a todos los que están inmersos en dicho sentimiento?
Te llamaré diferente para que así sepamos los dos de manera definitiva y clara lo mucho que significas
Te llamaré cielo, pues siempre estás ahí conmigo, acompañándome, aunque a veces esté bajo techo y no pueda verte. A veces con luceros y otras veces con ganas de llover, siempre, siempre te cielo.
Te llamaré mar, porque siempre que nos encontramos hay una sensación inexplicable, algo mágico y misterioso. A veces turbio y otras veces manso, siempre te a-mar-é.
Te llamaré lluvia, porque llegaste a acompañarme a crecer de todas las maneras posibles, porque eres esa lluvia fortuita que llegó a tranquilizarme, esa lluvia que provoca tomar un café y acostarse a dormir sintiéndose en paz, a veces tormenta, otras veces llovizna, pero siempre, siempre bendita.
Podría llamarte puente, porque me ayudas a cruzar de mis abismos sin caer en ellos, a veces fuerte y conciso y otras veces débil, siempre cruzando juntos, sin temor a la caída.
En definitiva te llamaré brisa, como recordatorio de las tardes felices, brisa que siempre llega como un abrazo placentero cuando hace calor, a veces fría y otras veces tibia, siempre será bienvenida.
Te puedo llamar de tantas maneras posibles y explicables en la franja de lo poético, que ya sería muy aburrido llamarte “amor”.

Extrañar

Has llegado con luz para cegar mis dudas
y melodía para ensordecer mis amarguras.
llegaste confundido
y confundiendome.
llegaste con la música en el alma;
y yo que soy melómana.
Llegaste a enseñarme sobre mi
a decirme que podía con todo,
pero no estás y

siento que no puedo con tanto
ahora te extraño,
con lagrimitas de satisfacción
porque me enseñaste a amar
y porque me llenaste de alegría.
Extraño tus brazos
que me cubren el cuerpo,
el alma y el sonido de tu pecho cuando me abrazas
extraño tu mirada, que me afirma que me quieres con cada parpadeo,
extraño tus palabras y tus besos
hasta tus enojos.
Extraño tu piel,
tu textura,
tu olor.
tu pelo, tu respiración,
tus dientes, tus dedos, tu risa, tus ojos,
te extraño.
perdón.
No fue bonito, pero sí sincero.

A estas alturas ya no me ahogo en cualquier mar
Y el mal que me he causado en vano, lo aprendí a curar

He estado distraída, destrozada, diluida, he estado perdida en mis sueños y pesadillas
Y en las dos duele igual

En estas profundidades ya no necesito aprender a nadar
En estos desiertos cualquier tuna no me lastima

He estado guardandome los gritos en este plano que de mi realidad arranco
En este plano comprendido por mis alucionaciones

En esta inhóspita alma que solo guarda negro y blanco
En este barco de nubes
Que ya no se diluye en mis ciclones

Diciembre

Cuando tenía cinco, diciembre duraba un año y las pocas luces que habían en mi pequeño pueblo eran monumentos de belleza

Las canciones navideñas eran pequeños fragmentos de poesía que emanaban de los propios ángeles

Los regalos eran la cúspide de toda dicha

La vida en diciembre se alargaba y era tan hermoso cada instante que el recuerdo de otros meses era nulo.

Luego, al principio de la adolescencia, diciembre duraba 6 meses, aquellos adornos con luces parpadeantes eran ya figuras conocidas, las canciones no eran más que melodías fastidiosas y los regalos eran solo una esperanza.

La vida en diciembre era descanso y ganas de salir todos los días, la vida en diciembre era un constante pensar en que luego todo iba volver a su habitual monotonía, diciembre era una espera llena de risas entre amigos qe querían irse a otro lado.

Ahora qué va a ser diciembre sino un mes más, treinta y un días en la cama de mi cuarto por las mañanas y luego un ligero peso en el pecho, el saludo a mi perro y la ducha a medio día. Diciembre son dos días con algunos familiares y ordenar la agenda invisible para el próximo año. Diciembre es un encuentro con amigos que nunca se logra y las mismas canciones de todos los años. Los abrazos de aquellos distantes y la sonrisa de los niños.

Diciembre es un “mañana viene” y un “mañana se va” entre familiares y amigos, la espera de quienes están lejos y los viajes de quienes siempre están. Diciembre ahora es un parpadeo, una sonrisa y un llanto en un mismo día.